sábado 1 de octubre de 2011

Reflexión sobre las reflexiones


No sé si existirá el destino, hay veces en las que todo parece encajar a la perfección e incluso detrás de lo malo encuentro la semilla del crecimiento. Por el contrario, hay otras veces en las que siento la voluntad y el libre albedrío y pienso que eso del destino no es más que un cuento ¿Cuando tengo la razón? Si existe el destino combinado con el libre albedrío, en los pensamientos encontraría el hombre su mayor grado de libertad. Pero los pensamientos no son nada sin la acción. Pensamiento acertado, profundo y preciso y acción definitoria, esa es la combinación para alcanzar el éxito. Pero todo comienza con los pensamientos, si los pensamientos divagan, también lo harás tú.

Los pensamientos optimistas es muy fácil compartirlos. Con los pensamientos pesimistas pasa todo lo contrario. Una sonrisa o un gesto amable pueden ayudar bastante en la vida y son gratis, por eso la gente tampoco quiere expresar los pensamientos más oscuros, que todos, absolutamente todos, alguna vez hemos tenido. Pero hay una cosa con la que normalmente no se cuenta porque no se es consciente de ello, aunque no se quiera expresar algo, lo que se calle, se verá reflejado tarde o temprano en el semblante.

No está en la naturaleza del ser humano, competitivo por naturaleza, dejar de cuestionar y de pensar, aún sabiendo que los pensamientos negativos pueden surgir y cuando esto pasa, nos damos cuenta de que somos minúsculos títeres en una bola que no significa nada para la inmensidad del todo, hojas en el viento, hormigas inconscientes de que pueden ser pisadas por un elefante en cualquier momento. Si existe el destino y, huelga decirlo, sin perdernos el bosque por los árboles y desestimando abstrusas consideraciones místicas, podemos lleguar a la cruenta conclusión de ser los personajes de un sádico guionista.

La ataraxia y el estoicismo de la antigua Grecia, el nirvana del budismo, la excesiva mojigatería del judeocristianismo o la sociedad de consumo en el mundo desarrollado para el zombi moderno, todas estas cosas tienen en común una suerte de bobaliconería que se deja llevar y no cuestiona, que embota al ser. Pensar demasiado siempre será improductivo para fabricar ese eje maravilloso de serenidad que, girando sobre si mismo pero sin desplazarse de su sitio, otorga un sentido de consistencia a los "afortunados" seres de ferreas creencias. ¿Cual es la solución entonces? ¿Que es lo más inteligente que uno puede hacer para no permanecer anquilosado pero tampoco ser desdichado? ¿Como compatibilizar el hecho sentirse vivo con la despreocupación sin caer en la imbecilidad? Los indígenas nativos norteamericanos tienen la respuesta: dicen que el hombre blanco está loco. Loco por pensar en la cabeza, ellos piensan en el corazón, es decir, sienten. Venga lo que venga y sin miedo a las emociones. No entienden al hombre blanco que, comparado con ellos, siempre está con algún problema o frustración. Que extraña y que sabia esta cultura, ¿no?, pues no, no tan extraña, aunque sí han acertado plenamente en esto que no es nuevo. Nosotros temenos la palabra "recordar", del latín "recordari", "re" (de nuevo) y "cordis" (corazón), cuando recordamos a alguien lo que estamos haciendo es volverlo a pasar por el corazón. Los aciertos, las verdades universales son acervo de todo el mundo, pero unas culturas cazan unos, y otras cazan otros. A mí me gusta girar el mundo para verlo desde todos los ángulos, y me puse a reflexionar con el corazón, como hacen los indígenas. La conclusion a la que he llegado no la puedo contar, porque entonces, estaría pensando con la cabeza.

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Música: Sacred Spirit, texto: Tony García