martes 1 de noviembre de 2011

El antibuda


Nació en la pobreza pero libre de ataduras y con una facilidad innata para ganarse la vida dignamente y ser feliz. Carecía de ego, de posesiones y sabía en lo más profundo de su ser, que todo pasa, que nada existe inherentemente y por lo tanto, nada importa en el fondo. Miraba las nubes a menudo y era feliz sintiéndose libre y espontaneo. Tenía algo que lo hacía distinto a los demás, la vida no parecía pasar por él, él era la vida, la misma vacuidad, sin sombra de negatividad, que está en todo.

Un día decidió dar un giro radical a su existencia y abandonar su plena simpleza y adentrarse en la sociedad consumista. Traficó, jugó a la bolsa, se endeudó, robó, extrosionó, y explotó. Logró formar su propia empresa, crear su propia franquicia internacional y hasta se compró un equipo de fútbol.

Pero todas sus relaciones le causaban sufrimiento porque ya no era la misma persona que antes, ahora se sentía sus fugaces y cambiantes circunstancias mezcladas con él mismo. Por fin sentía la tragedia de la condición humana. La vida ahora pasaba por él y resonaba en sus vacios interiores. No encontraba la serenidad de espíritu, su más valiosa posesión. No tenía consuelo posible. Cuanto más medraba económica y socialmente, más grande era su vacio, y por más que en su exterior fuese encorbatado, engominado y enlimusinado, su semblante era otro mucho más oscuro, un semblante que denotaba un profundo descontento y una culpa que eran ya imposibles de ocultar.

Poco antes de morir mandó construir una estatua de su imagen a la puerta de su mansión. Algunos años después se convirtió en un lugar de peregrinaje. La imagen del "triunfo". Acudian a admirarlo, deseosos y sedientos de becerros de oro, le daban las gracias por el valioso ejemplo. Acudian a agradecerle su demostración de que en la vida no hay nada seguro, que esta puede dar muchas vueltas y que no importa en donde y como nazcas, uno puede convertirse en lo que quiera.


Tony García