domingo, 11 de diciembre de 2011

Azorín y Rosalía



BRACEANDO, buscando, buceando, en un mar de polvo y libros viejos, he tropezado con uno de Azorín: “Andando y Pensando”. Subtítulo: “Notas de un transeúnte”. Es un libro de ensayos; lo desconocía. Ignoraba absoluta, totalmente la existencia de esta obra literaria de José Martínez Ruiz. Ha sido editada –Editorial Páez- en Madrid; año 1929. Me ha revelado, descubierto, un Azorín inédito –para mí-; sorprendente.
He confesado, sin rubor, que ignoraba algo. Ha pasado el tiempo, felizmente, en que reconocer ignorancia me hacía erubescer como una colegiala requerida de amores. Ahora es distinto. Tengo más años y menos sangre pura. Con la edad sucede esto, lo cual prueba mi teoría de que la vergüenza coloreada es directamente proporcional a la cantidad de sangre pura que llena nuestras arterias e inversamente proporcional a la edad. Claro que lo mismo suele suceder con la vergüenza –“rara avis”- sin manifestaciones cromáticas: esa es la razón de que muchos ignorantes parezcan sabios en “la color"- diría Cervantes- del rostro.
Todo el mundo, más o menos, conoce al maestro –maestro de las Letras-. Azorín. Cervantes y él son los soportes de la inmensa bóveda literaria española. Cervantes y Martínez Ruiz: crepúsculos literarios de España. Díaz Plaza –un catedrático de Lengua y Literatura española- coincide conmigo. Miguel: estilo amplio, abundante, descriptivo en grado máximo. Un detalle significa un párrafo, largo párrafo, inigualable. Azorín: conciso, “conciso” –palabra desusada... Un detalle es un puñetazo Insuperable. Dos estilos maravillosamente opuestos. Cenit y nadir de la lengua hispana. Únicos. Elevados. Gloriosos. Inimitables. Martínez Ruiz tiene ventaja: es difícilmente sencillo o sencillamente difícil, de imitar, se entiende. Comprendido por todos. Cada palabra un bofetón. Cada punto una puñalada en el corazón del lector. Cosas inolvidables. Este es Azorín.
Despacio -como gusta de caminar Azorín- le he seguido a través de su libro “Andando y Pensando”.
Caminando lento –los dos- he llegado a encontrar al Azorín admirador de Rosalía. Sorprendente.
Subtítulo –lo he dicho ya-: “Notas de un transeúnte”. Yo también he sido transeúnte –transeúnte pensante- alguna vez. Mis ojos han transitado, peregrinado, por las páginas de “Andando y Pensando” hasta llegar al último capítulo –Capitulo XXX-: Rosalía de Castro. Y dice el maestro:
“En tanto que aquí, en la gran ciudad, los poetas lanzaban versos rotundos, enfáticos, declamatorios; en tanto que aquí, entre la sociedad literaria, todo era artificio, estrépito de lisonjas mutuas, tráfago de vanidades –superficialidad brillante, frivolidad-, allá en un rincón de Galicia, lejos de este estruendo, apartada remotamente de este bullir mundano, había una mujer que iba en silencio, componiendo unas poesías delicadas, suaves, íntimas, henchidas de emoción. Nadie conocía en Madrid a éste poeta; nadie ha comenzado a estimarle hasta muchos años después. Un obstinado y estúpido silencio ha sido guardado en torno a este poeta: su nombre ha sido ignorado por críticos, académicos, eruditos, catedráticos de Literatura, formadores de antologías. Este silencio era necesario al prestigio del poeta; quien vivió y escribió como vivió y escribió Rosalía de Castro, no podía ser proclamado poeta súbitamente por la gente frívola y mundana: ...”
Este es mi Azorín inédito; sorprendente. El Azorín admirador y defensor de Rosalía, es decir, el Azorín conocedor de Galicia y de sus gentes.
Un gran escritor, levantino, ensalzando a nuestra poetisa: a nuestra dulce y expresiva y sentimental Rosalía: a una, uno, en definitiva, de los nuestros. Galicia, reincidente en su eterno pecado, ignorando que tuvo que tiene, que puede llegar a tener, gente grande en el mundo de las Letras. Sublimes y sencillos, como los paisajes de su tierra natal, nuestros artistas se conforman con pensar que la posteridad habrá de llevar flores a sus tumbas. ¡Oh, Galicia, humilde madre de los genios humildes!


José Luis García Mato

viernes, 9 de diciembre de 2011

Ese otro yo sabio


Sobre la mesa, en aquel estante; en el otro, hay grupos, montones, rimeros, pilas de libros. Muchos de ellos tratan de Filosofía, esa ciencia de las múltiples facetas. Podría basarme en una de ellas, la Psicología, para –llevando de la mano a mis lectores, supuesto que los tenga- adentrarme temerosamente por las tenebrosos y escondidos senderos que conducen a la ignorada guarida del ser cruel, petulante, altanero, burlón, que habita no sé en cual recóndita covacha de mi subconsciente: ese otro yo sabio. Podría, digo, hacer disquisiciones filosóficas referentes a la cuestión que me preocupa. No lo haré. A la gente no le gusta oír ni leer cosas que no comprende. Para el noventa por ciento de los mortales la Filosofía, en cualquiera de sus variantes, divisiones, formas, derivaciones, subdivisiones, caras o fases, es algo abstracto; y abstruso. El hombre corriente no es partidario de elucubraciones metafísicas y aún puede decirse que no le agrada ninguna clase de lucubración que, a la postre, sólo sirve para hacer más complicada esta vida que ya no lo es poco de por sí. El individuo adocenado, es decir, el hombre verdaderamente normal, prefiere lo real, lo cierto, lo positivo: poder ver el cielo sobre su cabeza y sentir la tierra bajo los pies rozando la suela de los zapatos, al tiempo que, la mano embutida en el bolsillo derecho del pantalón, aprieta el billete de cinco duros, feliz promesa de una cercanísima cosecha de tabaco regular, café con leche, copa y vuelta al ruedo.
Este preámbulo, vestíbulo de mi trabajo, es un poco largo; de acuerdo. Me decidió a que así fuera el hecho de que, mis amigos, me reprochan con harta frecuencia mi poca asiduidad en escribir definiéndome –entrañable sinceridad- como “un vago de la pluma” Haré, pues, en su honor, una excepción y escribiré cuatro cuartillas en vez de las tres que corrientemente –inveterada costumbre- suelo garrapatear.
Cité a mi otro yo sabio; ese maldito francotirador cerebral. Es esta una cuestión, más que interesante trascendente, importante para todo quisqui. Y es así porque ninguno de nosotros, los humanos, -salvo raras excepciones mas adelante citadas-, se ve libre de la tortura humillante que supone al conocer la existencia de ese otro yo que duerme durante nuestra vigilia y vive su vida en las horas de nuestro sueño sin que, en manera alguna, sea posible capturarlo a pesar de las múltiples asechanzas, lazos, cepos y estratagemas con que procuramos hacerle caer en las garras inmateriales de nuestro cerebro, ávidas de atrapar a esa intangible presa escurridiza: ese otro nuestro yo sabio.
Desde luego, hay que reconocer la existencia de gentes que nos sueñan. A esa rara especie humana pertenecen, por reglas general, los sibaritas, los matemáticos o numerófilos -¿puede decirse así?- y aquellos que se dedican a la compra-venta de cerdos. Esos, verdad indiscutible, no pueden tener otro yo sabio a causa de que, -es lamentable- no tienen otro yo de ninguna clase. Todo se les vuelve pensar en comidas pantagruélicas, en índices, exponentes, raíces de raíces y cerdos bien cebados que pesen más allá de los cien kilos. Pero los otros, todos los otros, -entre los cuales me cuento yo- sí que lo tenemos.
A mí, la verdad, me preocupa en sumo grado la existencia de ese sabihondo otro yo; máxime porque no sé como atraparlo. Me acuesto. Quedo dormido. Es probable que comience a roncar y, de pronto, ahí tenéis ya al otro yo que se despierta, se despereza, bosteza insultantemente, se pone en pié de un salto y comienza su actuación. Creo que duerme vestido. Discursos fantásticos. Lectura de prodigiosos artículos originales publicados en famosas revistas desconocidas. Composición de extrañas sinfonías inauditas. Pinta cuadros que para sí quisieran Rubens o el mismo Miguel Ángel. Inventa sensacionales novelas y cuentos que harían época de poder ser publicados. Música, pintura, literatura, escultura, prosa, verso, oratoria. De todo entiende en grado increíble ese desconcertante sinvergüenza que es mi otro yo sabio. Al despertar mi cerebro, él huye, quedando solo un recuerdo confuso de las grandes obras concebidas por ese inconcebible sabio huidizo que mora dentro de mi ser. Es desesperante. De poder apresarlo en las redes de mi cerebro diurno yo, sin duda, llegaría a ser un grande hombre. Y tú también, lector amigo, si consiguieras dar caza al tuyo. Creo que no será necesario explicar ahora el por qué de los insultos que he dirigido a mi otro yo sabio.


José Luis García Mato

domingo, 4 de diciembre de 2011

El tiempo pedagogo




MODERNAMENTE, nadie lo desconoce, la Pedagogía ha dejado de ser esa ciencia restringida, acotada, raquítica, dedicada en exclusiva a la educación del niño, que la etimología de la palabra parece dejar establecido que sea “ad vitan aeternam”. Hoy el pedagogo está considerado como algo más, mucho más, que un mero educador, maestro o guía de infantes. Es –idealmente por lo menos- un formador de escolares, de alumnos de Instituto, de universitarios, de mujeres y hombres; de seres normales y anormales. Se ocupa tanto del individuo como de la sociedad. Así se define ahora – a la Pedagogía-, sencillamente, como la “Ciencia y arte de la educación”.
Aclarado esto –reincido en la monomanía de justificar mis títulos, déjeseme bajar, descender, al fondo del asunto que pretendo tratar.
En el prólogo a la segunda edición de su “España Invertebrada” –octubre de 1922- Ortega y Gasset ha escrito que “Por una curiosa inversión de las potencias imaginativas, suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacérselas sobre el porvenir, que sería más fecundo”. Bien. No hay nada recusable en tales afirmaciones; pero yo me pregunto: ¿Debemos por tanto olvidar que la experiencia es maestra de la vida, según reconocieron los latinos? Indiscutible es que la experiencia procede del pasado, próximo o remoto. ¿Y no es cierto que la Historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad? Podría transcribir esas frases en latín –su origen- pero no quiero pasar por erudito, pues no lo soy. ¿Y qué es la Historia?: relación, relato, de hechos, sucesos, acaecidos a la Humanidad en su doble función de sujeto agente y paciente; según los casos. Ejemplo: el Diluvio; sufrido, padecido; no obra de los hombres. La Historia: hechos concretos, ciertos, reales; no leyendarios, no dudosos. Cicerón, ese gigante del habla, -“De Senectute”- dice: “Pues el juicio, la razón y el consejo está en los ancianos”. Traduzcamos “est in senibus” por “está en los antiguos”. No es que me convenga. La razón, el juicio y el consejo podrán estar en los ancianos –de hecho lo están siempre-, más nunca podrá decirse que son “viejos”. Del mismo modo que Sem Tob de Carrión –el rabí- afirma fundadamente:

Nin vale el azor menos
Porque en vil nido siga
Nin los exemplos buenos
Porque judío los diga.

Y es verdad. Y no presumamos tontamente –los jóvenes- de ser los mejores de entre los mejores en pensamientos, palabras y obras. Leed lo que dice Shakespeare por boca de Porcia -la hermosa- (Escena II Acto I, de “El Mercader de Venecia”): “El cerebro puede esforzarse en dictar leyes a la sangre, pero un temperamento fogoso sabe eludir siempre una fría sentencia, y los jóvenes, verdaderos locos, saltan como liebres por encima de las redes que les tiende el buen consejo, el cual es cojo”. Efectivamente, nos falta la experiencia que dan los años. Hemos de esperar, pues, a que el Tiempo, ese furioso corcel siempre desbocado, vaya hollando profundamente, bajo su incesante galopar inmisericorde, la tierra dura de nuestra carne joven y los intransitados caminos de nuestras almas imberbes. Entonces, hagamos trampolín de los días pasados para arrojarnos a la piscina virgen del porvenir con la seguridad de no ahogarnos, salvo imprevistos calambres mentales, porque ya sabemos nadar, incluso en aguas procelosas. Estudiemos la lección que nos brinda el tiempo ido, ese admirable pedagogo, y obremos en consecuencia. No para rumiar nostalgias. Tampoco para detener ante la estatua de una hora inmóvil, por gloriosa que ella haya sido, el reloj palpitante de nuestro ímpetu constructivo. El tiempo antiguo ha de ser el arma; nosotros el proyectil disparado, lanzado fuerte, velozmente, hacia el blanco de un futuro que, por amor propio, para nosotros y para nuestros hijos, hemos de alcanzar esculpiéndolo, modelando, creándolo superior a todo lo pasado conocido o por conocer. Pero recordando siempre la enseñanza del tiempo anciano, ese altruista pedagogo.


José Luis García Mato