martes 3 de enero de 2012

El planeta sin noche


La luz solar de las estrellas que ejercían de soles bañaba de forma casi permanente cualquier punto del planeta. Cuando se empezaba a ocultar una estrella, ya estaba saliendo la otra. Se pesaba una tercera parte de lo que se pesa en la tierra y la vida resultaba, en otro plano menos físico, también más liviana y sencilla. La naturaleza no era cruel: ningún ser devoraba a otro para su propia supervivencia. Tampoco existian las mascotas, y esto no se entiende muy bien porqué, pero era así...

Estaban muy bien organizados, ayudándose los unos a los otros siempre que podían, disfrutaban con ello. Existían las jerarquías, aunque no las injusticias, ya que aquellas estaban estructuradas en base a observaciones aúricas capaces de revelar, sin ningún género de duda y muy sabiamente, los talentos de cada cual. Nada que ver con nuestro sistema de memorización-repetición, el, todavía peor, enchufismo, o -porqué no decirlo- los imaginarios méritos inservibles derivados de la estupidez humana a causa de salir en la televisión o en las revistas del llamado -y que manera de manchar la anatómico/poética palabra- corazón.

Se producían constantemente fenómenos en la atmósfera que eran muy similares a lo que conocemos como arco iris o auroras boreales, pero su belleza era más intensa, desdibujada y rápida. Si alguna vez os habeis sobrecogido ante la belleza de una puesta de sol o su opuesto, un amanecer, pues entonces ya os podeis hacer una mínima idea de lo que sentían al contemplar esos fenómenos. Ellos apreciaban tanto las maravillas naturales que ni aparatos de televisión necesitaban. Aunque tenían algo parecido a los móviles o internet para comunicarse a grandes distancias, preferían estar en la naturaleza para disfrutar de una variedad casi infinita de prodigios, siempre cotidianos sin por ello dejar de poseer su mágico encanto.

Se deleitaban con fenómenos tales como los volcanes de alimento, la nieve inteligente (con la que creaban esculturas permenentes, ya que solo se derretía aquella que carecía de belleza estética), el viento mágico (que transportaba los sueños más hermosos y que ellos podían apreciar despiertos) o la lluvia limpiadora (que como su palabra indica, limpiaba y purificaba todas sus calles a la vez que, cuando entraba en contacto con las pieles de sus habitantes,  los reequilibraba -más aún- animicamente al penetrar por los casi infinitos poros de su avanzadísima piel).

Se habían especializado en los viajes interespaciales, visitando a menudo nuevas formas de vida y estudiándolas. Uno de los planetas más curiosos y contradictorios para ellos era la tierra, que han visitado varias veces. Quedaron perplejos al ver como vivíamos. Estabamos rodeados de comodidades materiales a costa de estropear el propio planeta, y sin embargo, no se explicaban como podiamos tener un sistema económico tan injusto, donde una minoría posee la mayoría de la riqueza, y lo peor de todo: no encontraron un solo ser humano, ni uno solo, que hubiera sido siempre feliz.

Ellos estaban mucho más avanzados que nosotros, no solo tecnologicamente, sabian -y saben- como se crea el infierno y también como se camina hacia el cielo. Cuando vieron en la inmensidad del cosmos ese pequeño y hermosísimo punto azul por primera vez, sintieron claramente, con mayor pesar a medida que se acercaban, que se trataba de uno de los mundos semi-infernales que existen en el universo.


Tony García