jueves, 1 de marzo de 2012

Ayer lo vi, a Cristo


Ayer lo vi, a Cristo.
A las seis de la tarde
con su mochila a cuestas
era Él
aquel mendigo jadeante.

Viejo mendigo barbudo peregrino
hombre solo, Dios solo
por los caminos injustos de los hombres
doblado bajo el peso de su mochila llena
de mendrugos de pan endurecido
caídos de grandes mesas de torneados pies
cubiertas por manteles que lucían
-seguramente, no hay por qué dudarlo-
lindos dibujos bordados por señoritas
románticas de blancas manos delicadas
y finos flecos sedosos, tan artísticos,
y manchas informes de vinos añejos
de marca famosa, de esos caros vinos
de solera, compadre, de solera
que con sus calorías de sol embotellado
ayudan a los rebosantes estómagos
a hacer la digestión de los manjares
non plus ultra, compadre, ya lo ves.

Eran las seis de la tarde cuando lo vi
a Cristo sufriendo cuesta arriba
por la calle, sufriendo, tan cargado
bajo el peso tremendo de aquel saco
lleno de trozos de pan endurecido
o quizás lo que llevaba eran pecados
sin nombres ni apellidos, quizás eran
todos los pecados de los satisfechos
indiferentes al hambre de los miserables
y de ahí aquel sudor, aquella angustia,
aquel jadear violento, aquel gemido ronco
del viejo pordiosero barbudo peregrino
hombre solo, Dios solo
que no llevaba a cuestas una cruz
sino una mochila tan pesada parecía
como aquel madero de la Crucifixión
que Jesús arrastró hasta el Calvario.

Ayer lo vi, a Cristo.
Era Él
aquel mendigo jadeante
con su mochila a cuestas.

A las seis de la tarde.


José Luis García Mato