viernes 27 de enero de 2012

Ocho de la mañana



Manolo García

sábado 21 de enero de 2012

Interpretación de Álvaro Cunqueiro




No sé que eco largo y lento hace sonar, tintinear en mis oídos la prosa de Álvaro Cunqueiro. Álvaro es uno que escribe -¡qué bien escribe!-, nacido en Mondoñedo; mindoniense. Mondoñedo: la ciudad tranquila; la sin voz; o la de todas las voces. ¿Habrá voz más ruidosa que la del silencio absoluto? No sé. El silencio: recogedor de todos los sonidos; papelera de los ecos múltiples: la voz estremecedora e inmutable. ¿De qué color es el silencio?: negro. ¿Y la calma?: gris. Silencio y calma: Mondoñedo, la ciudad de Álvaro.
He leído poco muy poco, demasiado poco, quizás, a Álvaro Cunqueiro. De ahí la tremenda dificultad, casi invencible, -siquiera sea interpretación subjetiva, personal- con que me enfrento al tratar de definir al creador, inventor, de una prosa mansa, reposada, serena: engendrada hace siglos y clavada en mañana. Prosa secular proyectada hacia el futuro al través del inexistente presente absoluto. El presente: mito, utopía, nada. Álvaro: pluma de anteayer y de pasado mañana. De Grecia al porvenir. Del arte puro –arte literario- al arte puro. Sin transición. Sin intervalos. Sin matices. Un gran salto. En medio, la gran laguna de los siglos acéfalos.
He llegado a Mondoñedo, muchas veces, al través de nieblas densas; era la noche. Tranquilidad absoluta, total. Puede palparse el silencio; es una pared impenetrable que detiene al recién llegado y le asusta. Luego la afonía se apodera de uno: lo aglutina en una rara simbiosis átona. De día, lo mismo, cuando la mano del sol descorre las cortinas de niebla, la ciudad sigue callada como temiendo despertar a los siglos muertos que duermen su sueño sin fin. En Mondoñedo, la sin voz -.o la de todas las voces.- solamente las campanas se atreven, descaradamente, a apuñalar al silencio con su sonido cansado, de bronce. En la Catedral; en los Remedios, en los Picos. Las campanas cantan, o lloran, o gritan –no sé- desde lugares diferentes. Y en el aire nuevo y en la luz que nace y en la niebla que huye, se nota como una gran paz inyectada a la ciudad por los siglos idos, o las piedras viejas, o los muertos que duermen tranquilos un sueño que no espera amanecer.
Para comprender a Cunqueiro hay que saber de Mondoñedo; y al revés.
Álvaro, su prosa, explica todo esto: la campana, el árbol, el agua, el sol, la catedral y el convento, la niebla y la luz y la piedra y la sangre. Todo tan apacible, tan tranquilo, tan lento, que no se concibe muy bien –al presente- el que un hombre, un escritor de hoy –quiero decir nacido en nuestro siglo- pueda escribir una prosa más antigua y más moderna que los que vivimos. La velocidad pasa empolvando nuestros ojos, nublando la visión. Álvaro, su prosa, es el antídoto poderoso. El alma descansa, leyéndole, y se percibe como una suave caricia de niño que adormece el espíritu fatigado, aburrido y hastiado de contemplar la marcha vertiginosa de este siglo que parece trata de huir de si mismo. O bien será que la civilización, condensada en el arte literario de Álvaro, se niega a morir hasta el último día del tiempo. De Grecia al porvenir –siquiera sea interpretación personalísima- yo afirmo que Álvaro Cunqueiro es el verdadero creador de la prosa jamás imaginada que clava el quietismo y el arte de ayer en el vértigo de pasado mañana.


José Luis García Mato

domingo 15 de enero de 2012

Schubert, vida incompleta





    ESTAMOS en Viena, en noviembre –día 19-, en la Kettenbruckengase, una calle silenciosa de los suburbios vieneses.Corre el año 1828. En una de estas casas, que no es la suya, acaba de fallecer Franz Schubert. Schober, Schwink y Bauerfeld, sus leales amigos, lloran. El tifus y la fiebre nerviosa han fusilado al maestro. Viena ignora todavía –querrá ignorarla mucho tiempo aún- la gran pérdida que acaba de sufrir. Cien años después estará orgullosa de haber tenido tan preclaro hijo. Ahora no.
    Estamos en Viena, en cualquier calle, un día cualquiera, primavera u otoño, de 1928. Ha pasado un siglo y, -lo de siempre- la capital austriaca conmemora, esplendorosamente, el centenario de la muerte del genio. La ciudad entera dobla la rodilla como homenaje y recuerda al compositor excelso. Trata de darle ahora, cuando ya no es posible que reciba nada, lo que, viviendo el genio, le negó.
Ha muerto Schubert a los treinta y un años, en la plenitud de su vida, no –como han escrito algunos- de su obra. La vida de Schubert es una vida segada en flor, incompleta, al igual que esa su obra famosa, desde su niñez. Ha creado mucho el gran músico; muchísimo; pero, sin duda, mucho más se ha ido con él a la tumba; mucho más hubiese producido si, desde niño, hubiera tenido lo que siempre le faltó: amor.
    Positivamente feo, en lo físico. Hijo de un maestro que le desprecia desde sus primeros años; que le golpea sin causas, que le niega hasta el consuelo de poder despedir á su querida madre moribunda. Ignorado más tarde por las gentes. Mal retribuido o rechazado por los editores que han de enriquecerse a costa suya. Perdida para siempre la única mujer a quien se sabe ciertamente que amó, Teresa Grob, el maestro se refugia en la Música, su verdadera novia eterna, porque “Quería cantar el amor y el amor se me trocaba en dolor. Quería cantar el dolor, y el dolor se me trocaba en amor... Así “el amor y el dolor me desgarraban”. Amor deseado y no conseguido. Dolor que arraiga y crece día a día en su torturado corazón. Amor y dolor amalgamados, mezclados, fundidos en el alma del músico no reconocido. Desesperación y esperanza. Luz y sombras. Esta es la música de Schubert. Este es Schubert, el despreciado: el de la vida incompleta. Melodías. Marchas. Impromptus. Sinfonías. Cuartetos.Quintetos. Valses. Canciones. El Ave María, la Serenata el Momento Musical. Música de siglos. Melodías eternas. Este es Schubert: amor no logrado: dolor no merecido; pobre vida cortada en su mitad.
    También, como músico, le falta algo a Schubert. Es muy grande, con todo, pero incompleto. El lo sabe y quiere estudiar contrapunto para perfeccionar su producción futura. Quiere estudiar con Sechter: pero ya la muerte aletea a su alrededor y la enfermedad se dispone a lanzarse sobre su cuerpo rechoncho ávida de apagar para siempre la débil luz que titila en sus ojos miopes, parapetados en gafas de gruesos cristales. Y muere, sin estudiar contrapunto, incompleto como su obra famosa.
    ¿Qué hubiera producido el maestro de poseer ese amor y esa técnica? No sé. Creo que hay cosas que un artista no puede crear sin haber sido amado de mujer. Otras hay que no pueden ser concebidas si no se sabe antes lo que es ser padre y esposo. Algunas, solo pueden ser imaginadas por hombres sin hogar, sin lumbre, sin alimento, sin vestido. Hay que ser lobo solitario para engendrar ciertas ideas. En el fondo del corazón de Schubert, vida incompleta, sin duda había algo de esto último.
    ¿Acaso su obra inacabada puede ser un símbolo de lo que fue su vida?

José Luis García Mato

sábado 7 de enero de 2012

Creer en la luna


Hoy es el momento

de comprender que la luna

no solo refleja el sol,

embellece lo que ilumina.

Te equivocas al despreciarla

porque sabes que ella nunca

va a dar buena luz

a tus egoistas deseos.


Tony García

martes 3 de enero de 2012

El planeta sin noche


La luz solar de las estrellas que ejercían de soles bañaba de forma casi permanente cualquier punto del planeta. Cuando se empezaba a ocultar una estrella, ya estaba saliendo la otra. Se pesaba una tercera parte de lo que se pesa en la tierra y la vida resultaba, en otro plano menos físico, también más liviana y sencilla. La naturaleza no era cruel: ningún ser devoraba a otro para su propia supervivencia. Tampoco existian las mascotas, y esto no se entiende muy bien porqué, pero era así...

Estaban muy bien organizados, ayudándose los unos a los otros siempre que podían, disfrutaban con ello. Existían las jerarquías, aunque no las injusticias, ya que aquellas estaban estructuradas en base a observaciones aúricas capaces de revelar, sin ningún género de duda y muy sabiamente, los talentos de cada cual. Nada que ver con nuestro sistema de memorización-repetición, el, todavía peor, enchufismo, o -porqué no decirlo- los imaginarios méritos inservibles derivados de la estupidez humana a causa de salir en la televisión o en las revistas del llamado -y que manera de manchar la anatómico/poética palabra- corazón.

Se producían constantemente fenómenos en la atmósfera que eran muy similares a lo que conocemos como arco iris o auroras boreales, pero su belleza era más intensa, desdibujada y rápida. Si alguna vez os habeis sobrecogido ante la belleza de una puesta de sol o su opuesto, un amanecer, pues entonces ya os podeis hacer una mínima idea de lo que sentían al contemplar esos fenómenos. Ellos apreciaban tanto las maravillas naturales que ni aparatos de televisión necesitaban. Aunque tenían algo parecido a los móviles o internet para comunicarse a grandes distancias, preferían estar en la naturaleza para disfrutar de una variedad casi infinita de prodigios, siempre cotidianos sin por ello dejar de poseer su mágico encanto.

Se deleitaban con fenómenos tales como los volcanes de alimento, la nieve inteligente (con la que creaban esculturas permenentes, ya que solo se derretía aquella que carecía de belleza estética), el viento mágico (que transportaba los sueños más hermosos y que ellos podían apreciar despiertos) o la lluvia limpiadora (que como su palabra indica, limpiaba y purificaba todas sus calles a la vez que, cuando entraba en contacto con las pieles de sus habitantes,  los reequilibraba -más aún- animicamente al penetrar por los casi infinitos poros de su avanzadísima piel).

Se habían especializado en los viajes interespaciales, visitando a menudo nuevas formas de vida y estudiándolas. Uno de los planetas más curiosos y contradictorios para ellos era la tierra, que han visitado varias veces. Quedaron perplejos al ver como vivíamos. Estabamos rodeados de comodidades materiales a costa de estropear el propio planeta, y sin embargo, no se explicaban como podiamos tener un sistema económico tan injusto, donde una minoría posee la mayoría de la riqueza, y lo peor de todo: no encontraron un solo ser humano, ni uno solo, que hubiera sido siempre feliz.

Ellos estaban mucho más avanzados que nosotros, no solo tecnologicamente, sabian -y saben- como se crea el infierno y también como se camina hacia el cielo. Cuando vieron en la inmensidad del cosmos ese pequeño y hermosísimo punto azul por primera vez, sintieron claramente, con mayor pesar a medida que se acercaban, que se trataba de uno de los mundos semi-infernales que existen en el universo.


Tony García

Escribir en tempos difíciles (por Agustín Fernández Paz)


“El que da una palabra, da un don”, escribiu José Ángel Valente nun dos seus poemas memorables. E eu escollo as súas palabras para iniciar esta sinxela introdución aos dones que se nos ofrecen no libro de relatos de José Luis García Mato, que nos deixou en 1980, hai agora 25 anos, cando comezaban a chegar ao noso país os aires democráticos da liberdade. Era aínda un home novo, estaba nesa idade na que un escritor, coa experiencia da vida acumulada, pode dar os mellores froitos. A morte, sempre inxusta, éo máis cando nos leva persoas coma el. Pero, malia non estar entre nós, si o están os textos que nos deixou. Esa é a gran vantaxe da literatura, que nos permite dialogar cos homes e mulleres que, lonxe de nós no tempo ou no espazo, escribiron as palabras con vontade de futuro. Abrimos un libro de Rosalía de Castro ou de Manuel María, de Nikos Kazantzakis ou de Albert Camus, e a súa voz chega fresca e nítida ata nós, pois esa é a forza poderosa que ten a escritura, capaz de difuminar os límites que o tempo e a distancia lle poñen á comunicación.

Unha escolma dos seus cinco libros de poesía en galego, preparada polo seu fillo Xosé Luís García Ferreiro, apareceu publicada seis anos despois do seu pasamento: Dando novas túas (Edicións do Castro, 1986); e outra selección dos seus textos poéticos, en galego e en castelán, podemos atopala no volume Seis escritores de Villalba (Diputación Provincial de Lugo, 1986) que elaborou o alumnado do Colexio Público “A. Insua Bermúdez” de Vilalba.

Pero os seus contos non correron igual fortuna. Tiveron que agardar ata o día de hoxe para seren editados en forma de libro. Algúns deles foran premiados e publicados en xornais, outros permaneceron inéditos todos estes anos. Hoxe, reunidos aquí, permítennos apreciar por primeira vez de xeito cabal as cualidades que como narrador distinguían a García Mato.

Os sete relatos parece que foron escritos para participar nalgún concurso literario, como sabemos de certo dalgúns deles, xa que o gañaron, e como intuimos doutros, pois aparecen en varios casos asinados co lema que é preceptivo nesta clase de concursos. Unha orixe ben habitual, pois este estímulo que os concursos outorgan á creación é unha constante na historia da literatura. Este feito posiblemente axuda tamén a entender por que a totalidade dos relatos está en castelán (non ocorre así, como xa sabemos, coa súa obra poética), que sería a lingua esixida para participar nos certames. Porque son relatos escritos nuns tempos difíciles, a finais da década dos cincuenta e nos primeiros anos sesenta, unha etapa na que a utilización do galego na prosa era moi restrinxida (e máis nos xornais, onde o segue sendo hoxe, pero esta é outra historia que non é para ser tratada aquí) e nos que aínda pairaba sobre a nosa lingua o bafo represor que a había acompañar durante toda a longa noite de pedra da ditadura.

Os sete relatos son moi distintos entre si, tanto nos temas como no tratamento formal. Pero esa variedade non oculta algunhas constantes evidentes en todo o conxunto. É ben sabido que cando escribimos sempre o facemos tecendo os fíos da nosa vida, aínda que os disfracemos ata deixalos por veces irrecoñecibles. A vida do autor latexa sempre por baixo dos textos, como un poderoso río subterráneo que os alimenta, mesmo nos que aparentemente nos poidan parecer máis intrascendentes. Todas as persoas somos, aínda que non queiramos, fillas dun tempo e dun país; unha dobre pertenza que, no caso do escritor, serve para iluminar os textos, malia ter estes un carácter autónomo que é o que os fai válidos para lectores doutros espazos e doutras épocas. Vén isto a conto porque, cando menos na lectura que eu fixen deles, nos relatos de García Mato está o ambiente opresivo da España, da Galicia, da Vilalba dos anos cincuenta e sesenta, as décadas durante as que o noso autor desenvolveu o seu labor narrativo.

¿E como eran aqueles tempos? Non me vou estender aquí en análises que calquera lector atento atopará en múltiples fontes máis completas e rigorosas. Pero si me quero parar na miña experiencia subxectiva, en como vivín eu, e a xente da miña xeración, aqueles anos de ferro. Xa sabemos que daquela España estaba pechada aos aires de liberdade que percorrían a cultura doutros países europeos. Sabémolo, pero non está de máis lembrar que iso se notaba ben na vida cotiá: nos libros que non podiamos ler (porque estaban tan prohibidos que nin tan sequera sabiamos da súa existencia, aínda que ás veces tivésemos noticia remota dos seus autores), nas películas que viamos mutiladas ou que nunca puidemos ver (porque a censura impedía a súa entrada), nas ideas que se discutían nos ámbitos intelectuais e políticos (porque aquí estabamos sometidos a unha ditadura que non aceptaba outra visión que a que ela mesma impuña). E se iso foi doloroso para min, que daquela estaba na miña mocidade, canto máis o debeu de ser para José Luis García Mato, xa adulto, con poderosas inquietudes intelectuais e artísticas, pero obrigado a vivir nunha sociedade culturalmente cerrada, sen acceso a autores –e estou pensando en Sartre, en Camus, en Kafka, en Brecht, en Castelao, en Luís Seoane, en Blanco Amor e en tantos outros- que, noutras circunstancias, terían que ser unha referencia imprescindible para el e para nós.

Manuel María, que foi un gran amigo de García Mato, explícao ben no luminoso prólogo que escribiu para a escolma poética Dando novas túas. Del di que “foi un adolescente, ateigado de curiosidade, de inquedanzas e desasosegos, nos anos difíciles e conflictivos da posguerra, cheos de privacións, de pesimismo, resiñación e conformismo”. Unha persoa que, xa na etapa adulta, tiña “fondas preocupacións existenciales, moi ó xeito de Unamuno ou de Papini”. Unamuno e Papini, por certo, eran dous dos autores que tamén eu lin con paixón, entre outras cousas porque eran dos poucos que tiñamos ao noso alcance (o primeiro a través da colección Austral, que tanto nos deu que ler; o segundo, publicado na colección Reno de Plaza-Janés, a única na que podiamos ler algúns novelistas contemporáneos, a maioría de calidade dubidosa, por non dicir mediocre. Por poñer un exemplo, entre a xente nova circulaban con devoción as novelas de Maxence Van Der Meesch, un autor hoxe case esquecido. Pero das grandes novelas europeas daqueles anos non tiñamos nin a menor noticia.

Volvo ao que antes dixen: nestes contos está moi presente ese ambiente mísero e desprezador da cultura que tan estendido estaba aqueles anos. Aínda que é un elemento que enchoupa todos os textos, eu constátoo sobre todo en catro constantes:

- a visión desesperanzada da existencia (presente en todos os relatos, agás nos dous que se poderían considerar orientados a un lectorado infantil).

- a presenza constante da relixión, moitas veces entendida como vía para fuxir das grandes dificultades da vida. Cómpre lembrar que naqueles anos estaba moi presente na vida cotiá o denominado social-catolicismo, que levaba a unha abafante presenza pública da igrexa oficial.

- unha ollada crítica e pesimista sobre unha sociedade inxusta, entregada ao diñeiro e ignorante no plano cultural, en contraposición coa ollada idealista dos protagonistas.

- unha visión da muller que, acorde co machismo dominante na época, abala entre a muller-esposa, sacrificada e bondadosa, e a muller inconstante e voluble que aposta polos valores prácticos e materiais.

Desde unha perspectiva formal, os relatos ofrecen un grande interese, sobre todo algúns deles. O autor utiliza case sempre unha voz narradora en primeira persoa (e, se está en terceira persoa, aparece focalizada desde o personaxe protagonista), á que lle sabe sacar un magnífico rendemento, como explicarei máis adiante. Unha voz que nos narra uns feitos que abalan case sempre entre o real e o fantástico, unha voz que nos fai lembrar a dalgúns contos de Edgar Allan Poe, un autor que está moi presente nestas páxinas.

Que José Luis García Mato era, sobre todo, poeta, nótase tamén na escrita destes textos. A adxectivación non é funcional, senón un recurso que busca sorprendernos e que, ás veces, peca de excesivo. Abundan tamén imaxes e comparacións que ben poderían estar en calquera poema. Outras veces, pola contra, o estilo narrativo tórnase seco e cortante, con oracións concisas que logran un ritmo diferente, moito máis efectivo para narrar os feitos que se nos queren contar.


“El espejo", unha mostra do bo oficio de García Mato.

A modo de exemplo, analizarei dun xeito máis demorado o primeiro relato do libro, que para min é o mellor sen dúbida ningunha. E elixo “El espejo” non só polo relato en si, senón tamén porque se abre cunha breve introdución que ben podería ser lida como unha “autopoética” do autor que, aínda que en principio parece aplicable só ao conto, tamén se podería xeralizar ao conxunto. Non é o autor quen fala nese fragmento, xa o sabemos, senón unha voz narradora que nos avisa sobre o conto que vai relatar; pero hai nestas palabras unha declaración de intencións, unha aposta por un determinado tipo de escritura na que non é difícil adiviñar a sombra do autor:

Yo sé algo: los que lleváis una existencia tranquila, los que vivís estable y confortablemente, a veces leéis historias así, crudas, como la que voy a referiros, y decís: No nos vengas con cuentos, compañero, porque bien sabemos lo que una fértil imaginación puede inventar. Déjate de fantasías y relátanos algo verosímil.
(…)
Lo que pasa es que a los reporteros les importan poco las múltiples desgracias cotidianas que sufren, sin quejarse, las gentes humildes. Los reporteros, es sabido, prefieren las historias acarameladas y cuanto más rosadas mejor. Tú, que estás tranquilo y no te faltan veinte duros, lees y dices que está muy bien, que hay que ver y que cosas tan bonitas. Puntos de vista, digo yo, y literatura de azúcar para burgueses satisfechos.


Tras estas palabras, tras este aviso de que aquí non hai “literatura de azúcar para burgueses satisfechos”, unha voz narradora en primeira persoa comeza a contarnos unha historia terrible. Faino nunha extensa analepse, pois o relato iníciase cando o protagonista está a pagar as consecuencias do que logo saberemos:

Aquí me tenéis, preso. Soy un criminal ante la Ley. Estoy condenado a diez años de cárcel por infanticidio. Maté a mi hijita de dos años. La maté con el hacha pequeñita que mi mujer usaba para hacer astillas con que encender el fuego

Feitos axiña desmentidos por el mesmo, cando nos sinala que esa non é máis que a versión oficial, moi afastada da realidade que el coñece:

¡Qué locura! Eso resulta del sumario, pero es mentira. ¡Juro que es mentira! Yo no la maté. Yo no maté a mi hija. Si el juez supiera la verdad ya me habría puesto en la calle. Lo que ocurre es que yo no quise hablar del espejo porque tuve miedo a que me creyesen loco.

Un inicio moi conseguido, como ben se ve. Unha voz alucinada que se dispón a contarnos o que considera a súa verdade, unha verdade que o mesmo protagonista entende que non é doada de crer pola outra xente, aínda que el a sinta como súa. O que vén a continuación é un relato hipnótico e terrible, contado cunha sabia eficacia narrativa. Un relato no que o espello que hai na casa do protagonista toma axiña un lugar central:

Pero escribiré y algún día...Eso es, algún día podrá conocer el mundo la verdad, el hecho inaudito, increíble, inverosímil, pero cierto: la historia del espejo.

Non fará falta que lembre aquí a fonda tradición literaria dun obxecto como o espello. Un obxecto que reflicte a realidade, aínda que invertida; un obxecto que parece máxico aínda que saibamos ben cales son as leis físicas que rexen as súas propiedades. Desde os relatos tradicionais, nos que é un dos obxectos máxicos máis frecuentes (lembremos, sen ir máis lonxe, o espello da madrasta de Brancaneves), ata obras literarias de sona como Alicia do outro lado do espello, de Lewis Carroll, ou O retrato do Dorian Gray, de Óscar Wilde. Sen esquecernos do marabilloso Merlín e familia de Álvaro Cunqueiro, publicado por Galaxia uns anos antes, en 1954, e que seguramente García Mato coñecía. No capítulo titulado “O espello do mouro”, aparece un espello que permite ver o futuro e que o “entrefebraba con cousas que il mesmo inventaba”; nel é onde o mouro Alsir acaba vendo pasar río abaixo o cadáver de Ofelia de Elsinor, a moza da que estaba namorado Hamlet. O espello que crea García Mato é desta mesma estirpe:

El espejo aquel era un objeto extraño, y como tal espejo, algo irreal, incomprensible, fantástico (…) Lo más extraño estaba en sus reflejos, en lo profundo de las aguas del espejo; porque habéis de saber que era un espejo ceniciento, fúnebre, sombrío, un embrujado espejo oscuro, oscuro y trágico, como hecho de penumbra amalgamada con destellos de sol crepuscular o de penumbra mezclada con reflejos de luces fluorescentes sobre un agua verde, cenagosa, de cloaca subterránea.


E nel tamén o protagonista albiscará terribles imaxes do futuro. Imaxes que se irán sucedendo nunha espléndida espiral de tensión que nos desvalarei aquí, ata que, o día da festa do Patrón –e aquí é ben doado ver reflectido o ambiente dos San Ramóns dos anos sesenta- o protagonista, tras beber e beber, acabará sendo incapaz de resistir as imaxes que lle amosa o espello e atreverase a destruílo:

La verdad está en mi relato y podría testificarla, si fuera algo humano y no diabólico, el espejo trágico que yo destrocé a hachazos aquella noche, la noche del día del Patrón. La noche del crimen, dicen aquellos que ignoran la historia del espejo asesino. (...) Yo nada dije. Nada podía decir. Nadie podría creer que al destrozar yo el espejo estaba dando muerte a mi hija. No, nadie podría creerlo y por eso callé.

Nun relato coma este, no que a tensión vai medrando conforme avanza o texto, era fundamental un final que condensase toda a forza dramática represada ao longo del. Un final que, como quería Rafael Dieste na introdución do seu Dos arquivos do trasno, “é unha imaxe que fai estoupar o conto nas verbas derradeiras, despois de inzalo poderosamente”:

El grito del espejo, una noche, a las diez, en vez de clavarse en mis oídos se clavará, como un cuchillo, en medio y medio de mi corazón, en el punto preciso para que yo muera, como mi niña, sin sufrir. Entonces seré libre y me iré, con mi hijita, que ahora está tan sola, a jugar a la pelota en el celeste, luminoso, deslumbrante pasillo sin espejos de una casa sin techos, ni puertas, ni ventanas, que será alumbrada desde arriba por un gran sol perenne.


Conclúo este breve percorrido polo conto reafirmando que se trata dun relato moi conseguido e que segue tan louzán como o día en que se escribiu. Un relato no que podemos ver ao fondo a sombra de Edgar Allan Poe, non só nese protagonista que se move entre a razón e a loucura, senón tamén na habelencia con que están dosificados os materiais narrativos para conseguir o ambiente tenso, malsán e opresivo que remata por estoupar no final liberador.

Os outros relatos do libro

O segundo conto, “El hombre de pintura”, merecería tamén as mesmas loanzas que “O espello”, co que garda moitas afinidades. Tamén aquí hai unha voz narradora en primeira persoa que nos relata a historia dunha obsesión. Neste caso é a obsesión que o protagonista, escritor de profesión, sente por un cadro que hai na casa onde vive:

...lo primero que llamó nuestra atención fue ese cuadro, el hombre de ese cuadro. Sobre un fondo negro, de noche, destaca el rostro lívido del caballero desconocido, muerto ... ¿quién sabe? -¿o está vivo todavía?-, hace cien, doscientos años, un milenio. El busto se confunde con el fondo negro del retrato y, como si brotase de pronto del rectángulo oscuro de pintura, la mano derecha, pálida mano, se apoya sobre un libro manuscrito sosteniendo una pluma de ave. El está sentado; necesariamente está sentado. Medita, mirándome. Piensa, vigilándome. Me observa, muy fijo, con la cabeza levantada.


O ton, como se ve, colócanos de novo ante unha historia aparentemente fantástica (a do cadro que cobra vida, tamén de moita tradición literaria; eu mesmo empreguei este motivo na miña novela Cartas de inverno), que tamén vai ir medrando nunha espiral opresiva e angustiosa e que, tras o crecente desvarío do protagonista, culminará así mesmo cun asasinato, aínda que neste caso a morte –contra o que pasaba en “El espejo”, estea só na imaxinación do personaxe:

Y lo maté arrojando al fuego su retrato. ¡Había que ver como ardía y cómo me miró con sus ojos infernales, por última vez, envuelto en llamas! Bueno; ya no me verá morir. Ya no podrá arrojarme de la casa. Ya no será él el que cierre, como dijo, la espita de la sangre de mi corazón.

Nos outros contos asistimos a un cambio de ton, malia mantérense fíos comúns. “Vivía solo”, contado en terceira persoa, é un relato cargado de simbolismo, contado nunha linguaxe intensamente poética e cun evidente pouso de tristeza. A historia que se nos conta é a dun home idealista e vencido, abandonado pola súa amada que, máis práctica, deixou a un lado os seus soños e arrímouse aos que só se preocupan polas cuestións materiais, un home que acaba refuxiándose na relixión, nunha relixión da que fala con emotivos tons unamunianos, e na que agarda atopar a xustiza e a comprensión que o mundo lle nega.

Encontramos aquí a xa antiga contraposición entre espírito e materia, entre a disxuntiva de manter os ideais ou acomodarse a un mundo que os refuga. E todo contado cunha linguaxe fondamente lírica, con imaxes que lembran o imaxinismo que, por aqueles anos, aínda tiña moita vixencia na poesía galega:

La luna, tardía, ascendió trabajosamente una blanda e interminable escalera de nubes y asomó su ancha faz de niña boba a la ventana sin marcos del firmamento.

O final é tráxico, coma nos contos anteriores, pois neste caso remata coa morte do protagonista, entre a indiferencia de todos:

Cuando el coche fúnebre descargó el ataúd en el cementerio, el sepulturero hizo una pregunta tonta al coger:
--¿Quién es éste?
--No sé –le respondió-. Vivía solo.


O relato que vén a seguir, “La herencia”, é un drama social que remata tamén de xeito tráxico e un tanto tremendista, malia estar narrado cunha frialdade que lembra a visión obxectalista que os autores da chamada Nova Narrativa estaban a introducir en Galicia desde finais dos cincuenta. Trátase dunha narración estrictamente realista, contada en dez breves secuencias. Un drama que moi ben podería ter sucedido na Galicia dos tempos en que foi escrito, unha historia que nos amosa a vida dura e miserable que tanta xente levaba naquel tempo, en contraposición a unha minoría que vivía ben e sabía aproveitarse da súa boa posición social. É un relato que lembra algunhas historias do neorrealismo italiano, narrado case todo a través de diálogos directos que nos retratan os protagonistas mellor que calquera descrición. Un texto moi interesante, que culmina nun final no que se nos indica que, en sociedades inxustas, a única solución é tomar “a xustiza pola man”, como facía a protagonista do poema de Rosalía de Castro que tan ben musicou Amancio Prada.

Tamén é realista (con anacos case documentais) a narración “24 horas de la vida de un recluta”, unha especie de crónica dunha realidade que daquela era experiencia obrigada para todos os mozos: o servizo militar. O argumento é ben sinxelo: Juan, un mozo, ten que marchar para África, o destino que lle correspondeu no sorteo do servizo militar. É unha persoa sensible, distinta ao estándar da masculinidade dominante na época, e namorado dunha moza que o rexeitou antes de marchar:

--Tú. ¿No serás abstemio, eh? –increpa uno a Juan.
--Sí. Soy abstemio. ¿Qué pasa?
--No, nada. No pasa nada. Por algo no te quiso la novia. ¡Cualquiera se fía de tipos así!

Atopamos aquí, como en “La herencia”, un relato resolto a través de diálogos moi cribles, na liña da corrente realista que daquela dominaba a narrativa en castelán (El Jarama, de Sánchez Ferlosio, é de 1955), aínda que a voz narradora contrapuntea esas conversas, cheas de deliberados lugares comúns, con pinceladas poéticas (Llovía dulcemente, cansinamente, sin parar, como si aquella lluvia hubiera de ser eterna.) e cun final emotivo que sintetiza de xeito moi acertado o drama vivido polo protagonista:

Sintiendo sollozar a su corazón, en el momento en que Juan se dirige, con la vida al hombro, con la cruz de su amor no correspondido a cuestas, hacia la salida de la estación habrán pasado veinticuatro horas de la vida de un recluta. Veinticuatro horas tristes, desesperanzadas, que pesarán siempre, como plomo, sobre el corazón que las vivió, solitario, evocando el recuerdo doloroso de un amor que no pudo ser.

Os dous relatos finais, “El milagro de Pepe Repepe” e “Cuento del cocodrilo bondadoso”, poderían adscribirse ao que na actualidade coñecemos como literatura infantil, tanto pola idade dos protagonistas como pola presenza da fantasía –só insinuada, no primeiro; plena e desbocada, no segundo--. Aínda que ambos teñen facetas moi valiosas, o resultado final queda diminuído polo tenrurismo e o didactismo, ou polo uso excesivo de diminutivos. É ben certo que estes tres aspectos eran frecuentes na literatura para nenos e nenas que se publicaba naqueles anos en España, unha literatura que non resistiu o paso do tempo, agás excepcións. Pero, lidos desde hoxe, eu lamento que esas eivas embacen os evidentes valores que hai nestes textos.

En “El milagro de Pepe Repepe” (o único título desafortunado do conxunto), tras unha atraente introdución, nárrasenos un episodio “piadoso” na vida dun neno dunha vila que, sen dificultades, se recoñece como a Vilalba daquela época.

Máis interese ten o “Cuento del cocodrilo bondadoso” unha longa fábula na que se mesturan diversos elementos tomados da estrutura dos relatos de tradición oral, desde a Biblia aos contos marabillosos. Ambientado nas terras de Exipto e “en aquel tiempo remoto en que los animales hablaban”, as peripecias do neno Aha e do seu cocodrilo amigo lense con moito gusto, e só os excesivos diminutivos e algunhas pingas de didactismo nos distraen das aventuras que se suceden no seu desenvolvemento. A segunda parte, desde que o cocodrilo acaba converténdose no “Saurio de Oro”, é para min a máis interesante (a entrega das tres plantas, a creación das patrullas de animais que lle axudarán ao neno, as batallas finais), pois nela o autor esquece a visión didáctica e déixase levar abertamente pola vertente fabulosa do relato, con secuencias moi conseguidas. Mágoa que no remate, quizais como tributo aos textos infantís da época, o derradeiro parágrafo conteña unha moralina que, vista desde hoxe, nos resulta anacrónica.


Para rematar

Comecei citando a José Ángel Valente e remato tamén cuns certeros versos do poema “No inútilmente”, co que se cerra o seu libro La memoria y los signos, do ano 1966:

(...) Te respondo
que todavía no sabemos
hasta cuando o hasta donde
puede llegar una palabra,
quién la recogerá ni de qué boca
con suficiente fe
para darle su forma verdadera.

Haber llevado el fuego un solo instante
razón nos da de la esperanza.


É unha satisfacción poder ver editado este libro, onde se recollen, e se lles dá a súa forma verdadeira, as palabras que José Luis García Mato deixara dispersas e que corrían o perigo de caer no esquecemento que todo o devora. Se é certo que non morremos de todo mentres alguén se lembre de nós, este libro prolonga por moito tempo a vida do seu autor, que viviu entre nós, nunha Vilalba que xa non existe máis que nas ruínas da nosa memoria. Porque permite que a súa palabra siga aquí, recuperada, disposta ao diálogo con calquera persoa que abra o libro e se mergulle nas súas páxinas. A marabilla de ler, unha das paixóns de José Luís García Mato, o amigo maior co que, en anos xa ben distantes, compartín lecturas e conversas que me axudaron a atopar o meu lugar no mundo.

AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ
Verán do 2005

domingo 11 de diciembre de 2011

Azorín y Rosalía



BRACEANDO, buscando, buceando, en un mar de polvo y libros viejos, he tropezado con uno de Azorín: “Andando y Pensando”. Subtítulo: “Notas de un transeúnte”. Es un libro de ensayos; lo desconocía. Ignoraba absoluta, totalmente la existencia de esta obra literaria de José Martínez Ruiz. Ha sido editada –Editorial Páez- en Madrid; año 1929. Me ha revelado, descubierto, un Azorín inédito –para mí-; sorprendente.
He confesado, sin rubor, que ignoraba algo. Ha pasado el tiempo, felizmente, en que reconocer ignorancia me hacía erubescer como una colegiala requerida de amores. Ahora es distinto. Tengo más años y menos sangre pura. Con la edad sucede esto, lo cual prueba mi teoría de que la vergüenza coloreada es directamente proporcional a la cantidad de sangre pura que llena nuestras arterias e inversamente proporcional a la edad. Claro que lo mismo suele suceder con la vergüenza –“rara avis”- sin manifestaciones cromáticas: esa es la razón de que muchos ignorantes parezcan sabios en “la color"- diría Cervantes- del rostro.
Todo el mundo, más o menos, conoce al maestro –maestro de las Letras-. Azorín. Cervantes y él son los soportes de la inmensa bóveda literaria española. Cervantes y Martínez Ruiz: crepúsculos literarios de España. Díaz Plaza –un catedrático de Lengua y Literatura española- coincide conmigo. Miguel: estilo amplio, abundante, descriptivo en grado máximo. Un detalle significa un párrafo, largo párrafo, inigualable. Azorín: conciso, “conciso” –palabra desusada... Un detalle es un puñetazo Insuperable. Dos estilos maravillosamente opuestos. Cenit y nadir de la lengua hispana. Únicos. Elevados. Gloriosos. Inimitables. Martínez Ruiz tiene ventaja: es difícilmente sencillo o sencillamente difícil, de imitar, se entiende. Comprendido por todos. Cada palabra un bofetón. Cada punto una puñalada en el corazón del lector. Cosas inolvidables. Este es Azorín.
Despacio -como gusta de caminar Azorín- le he seguido a través de su libro “Andando y Pensando”.
Caminando lento –los dos- he llegado a encontrar al Azorín admirador de Rosalía. Sorprendente.
Subtítulo –lo he dicho ya-: “Notas de un transeúnte”. Yo también he sido transeúnte –transeúnte pensante- alguna vez. Mis ojos han transitado, peregrinado, por las páginas de “Andando y Pensando” hasta llegar al último capítulo –Capitulo XXX-: Rosalía de Castro. Y dice el maestro:
“En tanto que aquí, en la gran ciudad, los poetas lanzaban versos rotundos, enfáticos, declamatorios; en tanto que aquí, entre la sociedad literaria, todo era artificio, estrépito de lisonjas mutuas, tráfago de vanidades –superficialidad brillante, frivolidad-, allá en un rincón de Galicia, lejos de este estruendo, apartada remotamente de este bullir mundano, había una mujer que iba en silencio, componiendo unas poesías delicadas, suaves, íntimas, henchidas de emoción. Nadie conocía en Madrid a éste poeta; nadie ha comenzado a estimarle hasta muchos años después. Un obstinado y estúpido silencio ha sido guardado en torno a este poeta: su nombre ha sido ignorado por críticos, académicos, eruditos, catedráticos de Literatura, formadores de antologías. Este silencio era necesario al prestigio del poeta; quien vivió y escribió como vivió y escribió Rosalía de Castro, no podía ser proclamado poeta súbitamente por la gente frívola y mundana: ...”
Este es mi Azorín inédito; sorprendente. El Azorín admirador y defensor de Rosalía, es decir, el Azorín conocedor de Galicia y de sus gentes.
Un gran escritor, levantino, ensalzando a nuestra poetisa: a nuestra dulce y expresiva y sentimental Rosalía: a una, uno, en definitiva, de los nuestros. Galicia, reincidente en su eterno pecado, ignorando que tuvo que tiene, que puede llegar a tener, gente grande en el mundo de las Letras. Sublimes y sencillos, como los paisajes de su tierra natal, nuestros artistas se conforman con pensar que la posteridad habrá de llevar flores a sus tumbas. ¡Oh, Galicia, humilde madre de los genios humildes!


José Luis García Mato

viernes 9 de diciembre de 2011

Ese otro yo sabio


Sobre la mesa, en aquel estante; en el otro, hay grupos, montones, rimeros, pilas de libros. Muchos de ellos tratan de Filosofía, esa ciencia de las múltiples facetas. Podría basarme en una de ellas, la Psicología, para –llevando de la mano a mis lectores, supuesto que los tenga- adentrarme temerosamente por las tenebrosos y escondidos senderos que conducen a la ignorada guarida del ser cruel, petulante, altanero, burlón, que habita no sé en cual recóndita covacha de mi subconsciente: ese otro yo sabio. Podría, digo, hacer disquisiciones filosóficas referentes a la cuestión que me preocupa. No lo haré. A la gente no le gusta oír ni leer cosas que no comprende. Para el noventa por ciento de los mortales la Filosofía, en cualquiera de sus variantes, divisiones, formas, derivaciones, subdivisiones, caras o fases, es algo abstracto; y abstruso. El hombre corriente no es partidario de elucubraciones metafísicas y aún puede decirse que no le agrada ninguna clase de lucubración que, a la postre, sólo sirve para hacer más complicada esta vida que ya no lo es poco de por sí. El individuo adocenado, es decir, el hombre verdaderamente normal, prefiere lo real, lo cierto, lo positivo: poder ver el cielo sobre su cabeza y sentir la tierra bajo los pies rozando la suela de los zapatos, al tiempo que, la mano embutida en el bolsillo derecho del pantalón, aprieta el billete de cinco duros, feliz promesa de una cercanísima cosecha de tabaco regular, café con leche, copa y vuelta al ruedo.
Este preámbulo, vestíbulo de mi trabajo, es un poco largo; de acuerdo. Me decidió a que así fuera el hecho de que, mis amigos, me reprochan con harta frecuencia mi poca asiduidad en escribir definiéndome –entrañable sinceridad- como “un vago de la pluma” Haré, pues, en su honor, una excepción y escribiré cuatro cuartillas en vez de las tres que corrientemente –inveterada costumbre- suelo garrapatear.
Cité a mi otro yo sabio; ese maldito francotirador cerebral. Es esta una cuestión, más que interesante trascendente, importante para todo quisqui. Y es así porque ninguno de nosotros, los humanos, -salvo raras excepciones mas adelante citadas-, se ve libre de la tortura humillante que supone al conocer la existencia de ese otro yo que duerme durante nuestra vigilia y vive su vida en las horas de nuestro sueño sin que, en manera alguna, sea posible capturarlo a pesar de las múltiples asechanzas, lazos, cepos y estratagemas con que procuramos hacerle caer en las garras inmateriales de nuestro cerebro, ávidas de atrapar a esa intangible presa escurridiza: ese otro nuestro yo sabio.
Desde luego, hay que reconocer la existencia de gentes que nos sueñan. A esa rara especie humana pertenecen, por reglas general, los sibaritas, los matemáticos o numerófilos -¿puede decirse así?- y aquellos que se dedican a la compra-venta de cerdos. Esos, verdad indiscutible, no pueden tener otro yo sabio a causa de que, -es lamentable- no tienen otro yo de ninguna clase. Todo se les vuelve pensar en comidas pantagruélicas, en índices, exponentes, raíces de raíces y cerdos bien cebados que pesen más allá de los cien kilos. Pero los otros, todos los otros, -entre los cuales me cuento yo- sí que lo tenemos.
A mí, la verdad, me preocupa en sumo grado la existencia de ese sabihondo otro yo; máxime porque no sé como atraparlo. Me acuesto. Quedo dormido. Es probable que comience a roncar y, de pronto, ahí tenéis ya al otro yo que se despierta, se despereza, bosteza insultantemente, se pone en pié de un salto y comienza su actuación. Creo que duerme vestido. Discursos fantásticos. Lectura de prodigiosos artículos originales publicados en famosas revistas desconocidas. Composición de extrañas sinfonías inauditas. Pinta cuadros que para sí quisieran Rubens o el mismo Miguel Ángel. Inventa sensacionales novelas y cuentos que harían época de poder ser publicados. Música, pintura, literatura, escultura, prosa, verso, oratoria. De todo entiende en grado increíble ese desconcertante sinvergüenza que es mi otro yo sabio. Al despertar mi cerebro, él huye, quedando solo un recuerdo confuso de las grandes obras concebidas por ese inconcebible sabio huidizo que mora dentro de mi ser. Es desesperante. De poder apresarlo en las redes de mi cerebro diurno yo, sin duda, llegaría a ser un grande hombre. Y tú también, lector amigo, si consiguieras dar caza al tuyo. Creo que no será necesario explicar ahora el por qué de los insultos que he dirigido a mi otro yo sabio.


José Luis García Mato